Artículos y colaboraciones en Medios Audiovisuales

Soy colaborador invitado en medios audiovisuales sobre trastornos de ansiedad, estrés, estrés postraumático y problemáticas de salud mental. . Entre ellos diarios "La Nación", "Clarín", Radio Continental, Mitre, diversas FM.  Iré colocando materiales de interés ya publicados o que se vayan publicando

Estrés de febrero Nota en "La Nación"

3. Mar, 2016

"Estrés de febrero" por Laura Reina

Desde hace años, para Julia Szejnblum febrero es sinónimo de libros, estudio y largas horas de lectura en la Biblioteca Nacional o en la del Palacio Pizzurno. "Para mí está lejos de ser un mes de descanso. Es el más fuerte a nivel estudio. Como este año quiero recibirme, además del final estoy haciendo una materia en el verano para adelantar la cursada".


Estudiante de Letras, Julia, de 22 años, asegura que éste es, por lejos, el "mes más estresante e intenso" del año, no sólo por las horas de estudio, sino porque se combina con su trabajo como coordinadora de una maestría en la Untref, el calor y la incómoda sensación de que lo mejor ya pasó (las vacaciones) y lo más duro está por comenzar. Y para colmo, sin el incentivo de un nuevo descanso "largo" en el corto plazo. "Esta vez me tomé vacaciones en enero. Pero los dos veranos anteriores me fui en marzo porque terminaba muy agotada. Cuando deje de cursar la materia de verano me voy a ir aunque sea un fin de semana al Tigre. Realmente lo necesito."
En el caso de Andrea Max, de 42 años, mamá de Gael, Benicio y Milo de 11, 9 y 5 años, este febrero se le está haciendo especialmente pesado, y no sólo por el clima. "Todavía tengo que terminar de comprar algunos útiles del colegio, aunque muchos ya los compré en diciembre en un mayorista, en parte para ahorrar y en parte para sacarme ese temita de encima -dice-. Pero hay cosas, como el uniforme, que es mejor dejar para último momento. Y me queda pendiente la visita a algún médico que me fue corriendo el turno. En general veraneo en febrero, pero este año lo hice en enero y se me está haciendo interminable", reconoce Andrea, a cargo de su propia empresa de catering.
Para el ingeniero en sistemas de Información Lucio Loiacono, el aterrizaje en su puesto de trabajo después de sus vacaciones tuvo que ser veloz. Responsable de la universidad IT de Despegar.com, donde capacita a jóvenes estudiantes en desarrollo de software e innovación tecnológica, no bien llegó de su idílico descanso tuvo que ponerse a dirigir un nuevo programa de capacitación. Y sin anestesia.Aunque en un imaginario e hipotético ranking de meses más estresantes diciembre se alzaría con el primer puesto, febrero no se queda para nada atrás y hasta le compite mano a mano con fin de año. Entre los preparativos de la vuelta alcolegio -programada para el 29 de febrero-, el regreso de las vacaciones (con el retorno al trabajo incluido) y los exámenes en los niveles secundarios y universitarios que ya se están tomando, el mes que estamos transitando se parece bastante a diciembre. Pero con una desventaja: las vacaciones ya no asoman en el horizonte cercano. "Febrero es un mes absolutamente estresante pero socialmente pasa desapercibido porque nadie se anima a decir, al comienzo de año y después de volver de las vacaciones, que está estresado -señala Mirta Petrollini, psicóloga, docente y supervisora de la Institución Fernando Ulloa-. Es un mes demasiado corto, no sólo poque tiene menos días sino porque en pocas semanas hay que armar una organización anual familiar, escolar y laboral".

A diferencia del último mes del año, en el que la gente reconoce y hasta comparte con pares, amigos y familiares su alto grado de estrés, en febrero la angustia y el desánimo van por dentro, de forma individual y lejos del colectivo social. "En diciembre, todos parecen compartir esos estados alterados, es algo socialmente aceptado; pero en este mes no existe esa exteriorización porque no está contemplado que estés cansado o estresado si encima volviste hace poco de vacaciones -dice Petrollini-. Pero si repasamos los factores objetivos de este mes, como la planificación y el inicio real del año, la puesta en marcha de la casa después de las vacaciones, la compra de útiles si no tuviste previsión de hacerlo antes, los exámenes de los chicos y la vuelta al trabajo, sumados al intenso calor, febrero es un mes por demás complicado", sostiene la especialista de la Institución Fernando Ulloa.

Por eso mismo, para Roberto Sivak, médico psiquiatra y docente del Departamento de Salud Mental de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (UBA), el mes que estamos transitando demanda para todas las personas, en menor o mayor medida, "una exigencia adaptativa".
"Todos sabemos que la actividad real empieza en marzo. Febrero es la transición entre un período marcado por el descanso y las vacaciones y otro dominado por la vuelta a la actividad laboral o académica -explica Sivak-. Esto implica una exigencia adaptativa, es decir, un esfuerzo adicional por parte del sujeto. El problema es hasta qué punto esa exigencia nos desborda o no encontramos los recursos necesarios para sortearla."
¿Ejemplos de exigencias adaptativas de febrero? Los más típicos son los relacionados con la vuelta al trabajo después de un período de desconexión, o las vinculadas con factores económicos, como la inflación en relación con las compras de útiles escolares, que demandan un esfuerzo monetario extra, o la búsqueda de alternativas que ayuden a paliar esa erogación de dinero, como compras anticipadas, visitas a mayoristas o la espera de las salvadoras promociones con tarjetas de crédito. Otra exigencia adaptativa clásica de este mes en curso es la que demanda la preparación de exámenes, en muchos casos definitorios de la situación académica del estudiante.
A pesar de las dificultades que puedan presentarse, hay maneras de atravesar febrero sin grandes colapsos emocionales. Para Andrea Max, mamá de tres hijos en edad escolar, el recurso para atravesar la exigencia adaptativa que demanda la compra de útiles fue anticiparse. ¿De qué manera? Compró los básicos -esos clásicos infaltables que se piden todos los años- dos meses antes para ahorrar y no sobrecargarse de responsabilidades ahora. "Todavía me falta un cuarto de la lista. En febrero se compran los libros de texto, porque aparecen las promociones de los bancos y es mucha la diferencia, más con tres chicos", dice Andrea, que a pesar de venir bastante bien con las compras escolares quiere que este febrero termine pronto. "En otros años, a esta altura estaba de vacaciones, entonces no sentía esta sensación de agobio -sostiene-. Es la primera vez en muchos años que estoy en Buenos Aires en esta época y se me está haciendo larguísimo, mis hijos están aburridos y con el calor mucho no salen. Por momentos quiero que empiece ya marzo, pero la llegada de la rutina también me asusta", reconoce. La vuelta al trabajo luego de las vacaciones también es un factor de estrés muy frecuente, sobre todo cuando ese regreso implica ponerse al frente de un nuevo gran proyecto dentro de la empresa, como en el caso de Lucio Loiacono, de 40 años, a cargo de la formación de jóvenes en el área de sistemas en Despegar.com. "El aterrizaje es difícil, cuesta mucho. Más cuando estuviste fuera del ámbito de trabajo y tenés que llegar al microcentro y te cortan los trenes, subtes y tenés que tomar un colectivo con varios metros de cola. Además, se suma el intenso calor. Evidentemente, hay que tener una motivación personal que supere estas condiciones. La mejor estrategia para que uno quiera regresar de sus vacaciones es hacer lo que te gusta", reflexiona. Además, dice Lucio, quienes trabajan en IT están de alguna manera "programados" para adaptarse rápido. "En mi caso, y quizá para la mayoría de las personas del área, estamos orientados a ser ágiles -asegura-. Lo que sí puede pasar, porque ésta es la época donde muchos volvemos y muchos otros se van vacaciones, es que los equipos queden con menos gente y algunos se hagan cargo de los temas de otros." Para Fernando Adrover, docente y decano de la Facultad de Psicología y Relaciones Humanas de la Universidad Abierta Interamericana (UAI), conviene bajar las expectativas del regreso. "La vuelta de las vacaciones no siempre es sinónimo de un aumento del rendimiento laboral, al menos no en el corto plazo -sostiene-. La prueba está en que hay varias personas que todavía no se fueron y funcionan mejor que los que nos fuimos. Si realmente te desconectaste, cosa que es positiva, volvés con un ritmo diferente. Los que hicieron vacaciones cortas, contrariamente, rinden mejor porque no hicieron un cambio brusco. Basta recordar todo lo que hacíamos en diciembre y nos parece imposible. En febrero, en cambio, todo cuesta más. El descanso tal vez es bueno y se aprecia en el mediano o largo plazo, pero en el corto no se ven resultados. No hay que creer que por haber descansado se rinde más".
De hecho, hay especialistas, como Petrollini, que ponen en duda el verdadero descanso que se alcanza en las vacaciones. "Muchas veces es cambiar el paisaje y en el mejor de los casos algunas rutinas, como levantarse más tarde. Pero el descanso es relativo si se tienen niños pequeños. La vuelta en febrero no tiene por qué ser la vuelta al abismo. Pero cuesta y no está mal exteriorizarlo y contarlo", dice la psicóloga de la Institución Fernando Ulloa, que en la consulta dice que el tema "febrero" suele surgir de forma habitual.

Julia Szejnblum, estudiante de Letras, confiesa de hecho que ella habla del estrés que le genera este mes con su terapeuta. Para ella, la exigencia adaptativa de este febrero es aún mayor que en años anteriores por la materia de verano que está cursando en paralelo con la preparación de un final y su jornada laboral. "Estoy agotada, acabo de salir de la psicóloga e hice catarsis. Le dije que quería que llegara marzo ya. Empiezo muy a full el año, después, durante la cursada, baja la intensidad", dice Julia. ¿Sus recursos para no colapsar en medio de tanta presión? Mantener una ordenada rutina de estudio: después del trabajo, va a alguna biblioteca y se sienta a leer. "Si me voy a casa, seguro que me tiro a dormir, no puedo estudiar ahí", se sincera.

Transición e incertidumbre
Otro factor que sin dudas contribuye a aumentar la ansiedad en estos días es que, por definición, febrero es un mes de transición y de posibilidades que se abren, de incertidumbres, mientras que diciembre es sinónimo de etapas que se cierran, de balances y de hechos consumados. En una palabra: la incertidumbre que rodea este período del año es peor, en términos emocionales, que las certezas de diciembre. "En febrero hay expectativas, ansiedad, cansancio y los famosos «pendientes» que hay que resolver sí o sí. Una vez que el año empezó a andar, con una mínima rutina en marcha, todo tiende a acomodarse", asegura Petrollini.
Adrover agrega: "Es un mes atípico, corto, de transición. Son todos factores que aumentan la ansiedad. Hay gente que quiere que arranque ya el año fuerte para salir de ese estado de limbo". Lo importante, dice el psiquiatra Roberto Sivak, es cómo se transforma una situación de estrés en una alternativa favorable y positiva. "La clave es la planificación laboral y académica con logros realistas. Sirve ponerse metas a corto, mediano y largo plazo, fraccionar los objetivos en períodos cortos para no sentir que tenemos todo el año por delante." Otro consejo es planificar un descanso próximo. "Suele desmoralizar pensar que falta un año para las vacaciones. Por eso es importante planificar alguna posibilidad de viaje cercano para que la zanahoria no esté al final", dice Sivak. Aunque pocos lo reconocen, no hay dudas de que febrero le compite a diciembre en términos de estrés. Es cierto que no tiene el color de las Fiestas, ni los regalos, ni juntadas con amigos. Pero como para reivindicarlo, vale destacar que hay Carnaval, Día de los Enamorados y, estadísticamente, es el de mayor nacimientos a nivel mundial. "Hay que pasar febrero", dicen, un poco en broma, los especialistas en estrés y ansiedad. Ya falta menos. La mala noticia es que este año febrero tiene un día más.

Los disparadores de la crispación
Examenes: desde hace años, febrero es sinónimo de libros, resúmenes y estudio.. Para los que están en el secundario, este mes implica estudiar para pasar de año. Para los universitarios, es época de finales que pueden significar seguir avanzando en la carrera o quedarse estancado hasta la próxima fecha de examenes.
Compras: las interminables listas de útiles salen a relucir en este mes. Aunque muchos colegios las dan a conocer en diciembre, son pocos los que tienen la previsión de comprar antes (justamente porque diciembre es otro de los meses críticos) y dejan esa tarea a la vuelta de las vacaciones. A pocos días del comienzo de clases, no queda otra que salir a comprar y aguantar las colas y los elevados precios.
Planificación: si diciembre es el mes de los balances, febrero es el mes de la planificación anual. Esto sin dudas genera ansiedad por lo que vendrá y porque que queda todo el año por delante y encima sin el incentivo de diciembre de tener las vacaciones a corto o mediano plazo.
Clima: Sin dudas, el clima es otro factor estresor. Las elevadas temperaturas, la alta humedad y la baja presión generan un cóctel explosivo que influye en el conjunto de la población y suele manifestarse en el estado de ánimo. Sobra malhumor y la crispación es generalizada.

3. Mar, 2016

Sin palabras (sobre alexitimia) Nota Revista La Nacion 11/4/2010

Sin palabras

Hay personas que no pueden hablar de lo que sienten. Y aun peor: no son capaces siquiera de reconocer sus sentimientos, los matices de la emoción. Lo que no logran decir busca otras vías de escape, a través del cuerpo: desde úlceras y problemas respiratorios hasta adicciones y trastornos de la alimentación. El problema se llama alexitimia. En esta nota, cómo reconocerlo y tratarlo

DOMINGO 11 DE ABRIL DE 2010
2

"Cuando peleo con mi marido, siento mareos y me trago la bronca". "Los fines de semana no puedo conmigo: me pongo ansioso, como enjaulado". "Mi mujer dice que vivo en la mía, que no soy demostrativo ni con ella ni con los chicos. No entiendo el reclamo". "Cuando murió mi madre, no lloré". "Está todo bien, no sé por qué me mandaron acá".

Son algunos de los testimonios de los pacientes que llegan al consultorio con problemas gastrointestinales, presión arterial, asma, artritis. El listado de enfermedades se extiende y, en muchos casos, los trastornos pueden convertirse en cuadros clínicos severos y riesgosos. Detrás de estos síntomas suele esconderse un denominador común: la alexitimia, una palabra que deriva del griego y que significa "sin palabras para los afectos o sentimientos" (a: sin; lexis: palabra, léxico; timio: afecto).

"En sí misma, la alexitimia no es una enfermedad: es una traba o limitación que tienen ciertas personas para vivir bien consigo mismo y con los demás", anticipa el doctor Roberto Sivak, médico psiquiatra y psicoanalista, coordinador del equipo de Psicosomática de la División Salud Mental del Hospital Alvarez.

Foto:Nunö

Hay quienes parecen incapaces de expresar verbalmente las emociones, debido a la dificultad que tienen para identificar, entender o describir lo que sienten.

Cuántas veces dijimos: "No tengo palabras", "me siento extraño", "tengo un nudo en la panza", "se me cierra la garganta", "me falta el aire", "no sé qué me pasa" o, simplemente, no nos dimos por enterados de que dentro de nosotros se estaba librando una batalla. Esas palabras que no llegan, esos sentimientos que no reconocemos, son pasajes de ida a un mundo donde reinan la confusión, la insatisfacción, las apariencias.

Es que la alexitimia se presenta como una perturbación cognitivo-afectiva. En otras palabras, una dificultad para diferenciar las sensaciones corporales de los sentimientos. No es que la persona no tenga afectos sino que no puede distinguir matices o intensidades. No es que uno sea limitado en su vocabulario; ocurre que las palabras no aparecen a la hora de hablar de todo o, al menos, de "algo" de lo que nos pasa.

Click Aqui

"Generalmente una persona con alexitimia llega al consultorio cuando se quiebra físicamente o cuando la familia, los amigos o los compañeros de trabajo lo «empujan» a consultar. Lo que les pasa es que sienten una gran dificultad para disfrutar o para relacionarse con los demás", explica Sivak.

"La consulta se concreta recién cuando el paciente vive situaciones extremas de estrés o después de momentos traumáticos", reafirma la licenciada en psicología Adriana Wiater, coautora, junto a Sivak, del libro Alexitimia, la dificultad para verbalizar afectos . La experiencia frente a tantas consultas e investigaciones les permite a ambos confirmar que "los pacientes nunca se presentan por motu proprio porque, en general, no tienen registro de la implicancia psíquica que está en juego".

Son varias las investigaciones realizadas para conocer las causas y el origen de esta dificultad. "Hay muchos estudios, pero no resultados concluyentes, sobre cuánto puede influir la genética en todo esto", explica Wiater. "Hay muchas hipótesis que intentan explicar cierta disfuncionalidad en la conexión entre los hemisferios cerebrales, así como entre otros sistemas neuronales", detalla la psicóloga, para quien "si hay algo que resulta contundente es la influencia de los niveles culturales y educativos de cada persona y su contexto".

Como en todo, la cultura determina. El sistema familiar y el entorno social son claves. Creencias tan antiguas como eso de que "los hombres no lloran" dejaron su huella y recortaron canales de expresión. Un padre narcisista, por dar otro ejemplo, seguramente restringe o limita la expresión emocional de su hijo. Mucho más hondo calarán las historias de familias con antecedentes o realidades de violencia o abuso.

"Los alexitímicos son correctos, extremadamente aplicados. Suelen ser reservados, aislados, con pocos amigos y limitadas capacidades de esparcimiento. Suelen sentirse perdidos o ansiosos los fines de semana, cuando disminuyen los compromisos habituales", puntualiza el doctor Sivak, en busca de un perfil aproximado.

"Las personas con tendencia a la alexitimia son muy responsables y cumplidoras con sus actividades laborales. Las amas de casa, por demás cuidadosas con las tareas y el orden doméstico. Son indicios de sobreadaptación en un escenario de pseudonormalidad", advierte la psicóloga. Es que siempre en las personas hay mecanismos para la defensa o la supervivencia.

Fantasías limitadas

Las personas con alexitimia suelen tener un pensamiento simbólico reducido o ausente. Esto no significa que tengan limitaciones intelectuales, sino que no hay suficiente capacidad para fantasear o salir en busca de recursos.

La mayoría de los investigadores creen que los alexitímicos sueñan poco y nada o, a lo sumo, el contenido de sus sueños es pobre y realista por culpa de esta limitación de la vida imaginaria. La falta de palabras, la reducida capacidad fantasiosa y expresiva, parece convertirlos en personas impulsivas.

Imaginemos un volcán. Si la montaña tuviera posibilidades de decir: "Estoy enojada, muy enojada; no quiero esto para mí pero... allá va mi enojo", mucho más leve sería la erupción. Quien no reconoce lo que siente o le faltan las palabras para explicarlo, será muy posible que caiga en "erupciones" como expresiones de conflicto.

Los alexitímicos suelen convertirse en personas agresivas con el entorno, pero fundamentalmente consigo mismas.

"Es recurrente ver casos de adicción al alcohol o consumo de drogas frente a situaciones de estrés o de gran tensión", explica Wiater. El doctor Sivak resalta la importancia de este aspecto: "Son personas que suelen tener un historial de molestias físicas. De hecho, es muy común que tiendan a la automedicación para paliar eso que tanto los aqueja. Los ansiolíticos suelen ser buscados por su rápido efecto ante cuadros de ansiedad, por conflictos que la persona con alexitimia no termina de registrar ni comprender". Según la licenciada Wiater, "con pastillas, alcohol, drogas, pareciera que la persona con alexitimia necesita anestesiar el afecto para no sentir".

Como siempre, solemos caer en los extremos, pero a la hora de reconocer esta problemática, bastante común entre los argentinos, debemos tener en claro que "hay grados de alexitimia leve, moderada y severa ", tal como confirman los especialistas.

No todos son volcanes, pero siempre hay peligro de erupciones; algunas esperables, otras no. La alexitimia guarda relación con el estrés, la ansiedad y la depresión. Sin embargo, en cada caso juega papeles distintos.

"La alexitimia suele ser una respuesta natural ante situaciones de estrés agudo o trauma psíquico; producto de catástrofes, muerte violenta de personas cercanas, tortura, abuso sexual, entre otras - explica Sivak-. En estos casos límite se registra una suerte de anestesia y retraimiento emocional. Es un modo de protección del psiquismo que puede quedar como secuela", advierte el psiquiatra, a la hora de empezar a entender esta dificultad como factor de riesgo patológico.

Los pacientes alexitímicos son propensos a padecer ansiedad crónica, por esta imposibilidad de alcanzar una definición concreta de sus emociones. Por otro lado, es muy común confundir ciertos síntomas de la alexitimia con la depresión. Una cosa es no poder expresar lo que uno siente y la otra es no tener deseos de sentir.

"Hemos realizado varios estudios que demuestran que ambos cuadros (alexitimia y depresión) se pueden asociar; sin embargo -explica Wiater-, hay que dejar en claro que la depresión es un cuadro clínico mucho más amplio. La alexitimia es un indicador clínico, con clara presencia en casos depresivos severos."

Palabras para no enfermar

¿Qué y cuánto de lo psíquico están en juego en cada enfermedad? En otras palabras: ¿puede ser la alexitimia la causa exclusiva de las enfermedades psicosomáticas? Desde un primer momento se la estudió siguiendo esta pista.

Pocos se animan hoy a cuestionar la relación entre lo psíquico y lo somático. Cuerpo y mente se han integrado para hablar de la salud del hombre. Es de avanzada entender que todo trastorno o enfermedad es un fenómeno físico, psicológico y cultural.

"En las enfermedades psicosomáticas hablamos de factores de riesgo y de multicausalidad -explica Wiater-; y la alexitimia podría ser un factor de vulnerabilidad frente a situaciones de sobrecarga psíquica en las que se responde con el cuerpo."

Sivak completa la respuesta: "Podemos decir que la alexitimia es un factor de predisposición comprobado para una frecuencia elevada y de mayor gravedad en ciertas enfermedades".

"Ulcera duodenal, anorexia nerviosa, obesidad, artritis reumatoidea, asma bronquial, alcoholismo, abuso de drogas"; este sería el ranking de enfermedades recurrentes por efecto de la alexitimia, tal como concuerdan Sivak y Wiater.

Estos cuadros son abordados cada día en el hospital, privilegiando las actividades grupales y la prevención, en la que deben tenerse en cuenta la interconsulta y el trabajo interdisciplinario.

Aprender a sentir y a comunicar

Como siempre, el primer paso es un diagnóstico apropiado. Luego, los médicos abordarán cada aspecto clínico desde su especialidad y, en forma conjunta, será clave el trabajo psicoterapéutico. Tanto en terapias individuales como en grupales, lo que se intenta es trabajar sobre los "significados emocionales".

El desafío de los terapeutas está en trabajar para que los pacientes no abandonen la terapia. La mayoría de los alexitímicos interrumpe el tratamiento por enojo, aburrimiento o impotencia.

Para una terapia eficaz habrá que encontrar caminos que nos permitan llegar adonde conviven el afecto y la palabra. El psiquiatra chileno Fernando Lolas subraya en la obra de Sivak y Wiater que "el sistema verbal es un constituyente esencial del afecto, tanto en sus dimensiones conscientes como en las inconscientes". El ser humano necesita verbalizar sus sentimientos y emociones, convertir en palabra y en diálogo sus afectos. "El diálogo es con uno mismo, con los otros, con el pasado, con el futuro", dice Lolas.

El diálogo es la concreción, la puesta en acto de las emociones. Primero uno conoce, reconoce, identifica; luego lo representa, lo simboliza, le pone palabras. Por esto, médicos y terapeutas deben enseñarle al paciente a descubrir las conexiones que existen entre sus reacciones físicas y sus afectos. Y para que esto sea posible, habrá que ofrecerle nuevas herramientas y recursos para ganar en flexibilidad e imaginación.

Esto demuestra que, más allá de las técnicas que ofrece cada modelo, una de las pistas para el éxito terapéutico es trabajar sobre la individualidad. Cada paciente con su texto y su contexto. La persona, la situación, el ambiente, la circunstancia; todos suman a la hora de salir en busca de las palabras y la posibilidad de echarlas a volar.

Por Eduardo Chaktoura revista@lanacion.com.ar

Una escala orientadora

Se pueden conocer los valores de alexitimia de cada persona siguiendo los puntajes que arroje el test o la escala de alexitimia, adaptada a nuestro país por la licenciada Martina Casullo (UBA).

Cualquier profesional de la salud capacitado podrá administrar y evaluar a quien lo solicite, siguiendo un cuestionario en el que sólo habrá que leer con atención las consignas y poner la cruz en la columna que corresponda: Generalmente (SI)/A veces/Nunca (NO).

Solo hay que responder a 26 frases sencillas (por ejemplo: "Cuando lloro, sé por qué lo hago", "Puedo contar lo que siento sin problemas", "Fantaseo sobre el futuro", etc.). Los resultados, en el marco de una entrevista apropiada, ayudarán al profesional a orientar a quien consulta.

(Más información: Cultura y alexitimia, Casullo-Páez, Ed. Paidós)

Identikit de la alexitimia

Más allá de la necesidad de discriminar entre cuadros leves, moderados y severos, hay que identificar dos tipos de alexitimia: la primaria y la secundaria. La primera se refiere a una predisposición personal, un rasgo de personalidad que ha acompañado a la persona por toda su vida. La secundaria ocurre como respuesta a un trauma psicológico intenso. Las personas reprimen el dolor como un mecanismo de defensa para evitarlo y esconder el trauma. Esta segunda forma puede ser temporal o terminar alojándose en la persona.

Hay rasgos que permiten reconocer e identificar a un paciente alexitímico. Los rasgos esenciales forman parte del núcleo del trastorno. Los rasgos accesorios suelen estar presentes en casi todos los casos. Aquí, algunos de ellos:

Rasgos esenciales

 Pensamiento simbólico reducido o ausente: el sujeto no puede expresar sus sentimientos, tensiones, deseos o emociones.

 Limitada capacidad para fantasear: la persona no encuentra la forma de representar sus deseos o simbolizar sus tensiones.

 Dificultad para expresar sus propios sentimientos con palabras: el sujeto no tiene mucha conciencia de su realidad psíquica, no puede diferenciar sentimientos o estados emocionales. Como es incapaz de verbalizar, expresa sus demandas en términos físicos.

Rasgos accesorios

 Es conformista, se sobreadapta a lo que otros determinan o consideran.

 Tiende al aislamiento o a relaciones de dependencia.

 Es impulsivo porque no elabora previamente sus expresiones.

 Se resiste a la psicoterapia tradicional porque le cuesta realizar una introspección e identificar sus conflictos por la incapacidad de simbolizar.

Fuente: Alexitimia, la dificultad para verbalizar afectos (Sivak y Wiater).

Dígalo con letras

Cuando no hay palabras que decir, puede que exista la posibilidad de escribirlas. Las palabras están ahí, encerradas; hay que descubrirlas, darles la posibilidad de que salgan y digan. Rescatamos una vez más la figura de la escritura terapéutica. Cuando se escribe, escribe el cuerpo y se hace cuerpo eso que uno piensa y siente.

Está científicamente comprobado que "nos brinda la posibilidad de acceder a nuestro innato potencial creativo, así como a descubrir nuestras emociones y pautas de pensamiento más inconscientes", señala el psicólogo norteamericano James Pennebaker, director del Departamento de Humanidades de la Universidad de Austin, en Texas, Estados Unidos, de reciente paso por Buenos Aires. Así sean palabras sueltas, aparentemente sin sentido, "la escritura contribuye a reducir el estrés mental, reforzar la autoestima e incluso a fortalecer el sistema inmunológico", asegura el psicólogo, como base sustentable de su teoría.

Mónica Bruder, psicopedagoga y doctora en psicología, discípula de Pennebaker en la Argentina, propone una herramienta ideal para abordar aspectos psicosomáticos: el cuento terapéutico. "Los cuentos terapéuticos son historias cuyo eje central son situaciones críticas que haya vivido la persona y cuya resolución siempre es feliz", explica Bruder, quien, además de adultos, atiende a niños con asma -una patología de fuerte influencia psicosomática-, que surge después de vivir situaciones traumáticas, como el divorcio de los padres, algún peligro de abuso o violencia, entre otras causas.

Las puertas que se abren en los cuentos terminan siendo las llaves necesarias para resolver conflictos en la vida real. Las palabras aparecen. Los pensamientos se enlazan con la emoción y algo cambia, mejora.

Reportaje del Ministerio de Trabajo de la Nacion en su pagina web

El gran avance en el concepto de Violencia Laboral es reivindicar el derecho del trabajador a ser respetado como persona

 

Entrevista al Dr. Roberto Sivak.
Médico Psiquiatra. Docente Adscripto del Departamento de Salud Mental Facultad de Medicina - Universidad de Buenos Aires. Coordinador Grupo de Estrés Postraumático Hospital Alvarez
Director Instituto Estrés y Trauma Buenos Aires (IETBA)
Presidente Capítulo Estrés y Trauma Asociación Argentina de Salud Mental (AASM)



En su práctica profesional en diferentes ámbitos relacionados con servicios de salud mental, ¿cómo surgió o se identificó el problema de la violencia laboral? 

En los últimos veinte años estuve trabajando en problemáticas vinculadas a diversas situaciones de estrés (crónico y agudo), situaciones de trauma psicológico y sus diversas secuelas. 

Las temáticas del estrés están vinculadas al tema del trabajo, en forma académica o científica, desde hace unos cincuenta años. La Organización Internacional del Trabajo consideraba los factores de estrés en el trabajo como un tema fundamental. Cuando hablamos de estrés en el trabajo se incorporan: factores ambientales, factores psicológicos, factores propios de la tarea y factores propios de la organización del trabajo, que comprenden: la distribución de roles, las relaciones entre compañeros de trabajo y las relaciones verticales con los diversos jefes. Se sabe que los factores de estrés laboral pueden estar determinados por distintos elementos que hacen al trabajo en sí, tanto como el contexto del trabajo. 

En los últimos treinta años se desarrollaron nuevos elementos teóricos aportados por la medicina del trabajo, la psicología laboral y algunos aportes propios del psicoanálisis, a partir del conocimiento más preciso del valor del trabajo en la calidad de vida de la persona. 

El trabajo ocupa una enorme cantidad de tiempo de la vida de una persona. Las condiciones vinculadas a la satisfacción del trabajador como el acceso al trabajo -viaje de ida y de regreso al hogar- tienen un papel fundamental en la calidad de vida familiar, en su relación con la familia, con la pareja y en su percepción de calidad de vida en general, es decir, en lo que es la satisfacción con su propia vida. 

En la psiquiatría, la psicología y el psicoanálisis, el trabajo siempre fue reconocido pero, por ciertos problemas de distorsión que podríamos denominar “ideológica”, se creó un “escotoma”, un punto ciego. Freud decía que el psicoanálisis debía ayudar a trabajar y a amar plenamente. No “hacer feliz” a la gente sino ayudándola a amar y a trabajar plenamente. Ahora bien, la plenitud del trabajo no sólo depende de la salud de la persona y creo que este es el problema. Es decir, el terapeuta se mete con el psiquismo de la persona pero, ¿quién se mete con las condiciones de trabajo? Creo que ese es el aporte que puede surgir de la interdisciplina en estos últimos treinta años. Es decir, ¿cómo se puede atender a mejorar la calidad y la salud laboral en todos sus condicionamientos? 



Retomando la situación laboral en nuestro país, ¿es posible identificar un momento específico en el cuál se pudo percibir con mayor claridad lo que hoy se entiende por violencia laboral? 

En la práctica en consultorio, y pública en el hospital, veo una degradación de las condiciones de trabajo. Ubico un punto de inflexión a partir de las privatizaciones, hace unos veinte años. Una degradación en forma manifiesta. Cuando empiezan a privatizarse las empresas estatales, muchos trabajadores que tomaban ese ámbito como un ambiente seguro, continente e incluso como una segunda familia, lo empezaron a vivir como algo, inestable, riesgoso, peligroso, estresante y, eventualmente, traumático. Esto empezó con el riesgo al despido, el riesgo de prescindibilidad y el temor al futuro. Antes, el trabajo en la empresa era de por vida. Al dejar de serlo empezamos a notar las primeras consecuencias: crisis hipertensivas, infartos, gastritis, úlcera, trastornos de ansiedad diversos, crisis de pánico. Esto era un aspecto del problema. 

El otro aspecto, que se encuentra muy bien tratado en la película “Recursos Humanos”, es que los compañeros empezaban a ser vividos como competidores por los mejores puestos, por lo cual comenzaba a aparecer la desconfianza, la susceptibilidad, ciertos rasgos paranoicos vinculados con algunos elementos reales (quién se queda con el trabajo; qué méritos no hizo). Se nota una progresiva degradación en el sentido de que las reglas de juego cambiaron. 

Sin dudas, la desregulación del mercado de trabajo llevó a la aparición de nuevos fenómenos como la hiperexigencia del trabajador. En términos científicos la hiperexigencia se llama “para-adaptación”, que es una sobreexigencia de la persona para cumplir con lo que cree que se espera de él, por temor a que se prescinda de él y, por otro lado, para sobrevivir. 

Empezaron a aumentar la jornada de trabajo y empieza el pluriempleo, más trabajo y más horas. Por otro lado, el trabajador empezaba a trabajar más, a exigirse más para prevenir que no pensaran en él como un posible despedido. 

Esto trae cierto tipo de sintomatología: ansiedad, desconcentración, fatiga, consumo de tranquilizantes trastornos del sueño, automedicación, búsqueda de alcohol, conflictos familiares, trastornos del sueño, cefaleas. 

Además, hay otro aspecto del problema. Empezaban a notarse situaciones de estrés en el trabajo pero, no por la característica propia de la tarea, sino por el ambiente de trabajo. Empezaba a notarse el maltrato laboral. 



¿Qué elementos caracterizan y diferencian el maltrato laboral de otro tipo de problemas en el trabajo? 
Venimos hablando de contexto en general y, dentro del mismo, cada trabajador tiene su diverso grado de vulnerabilidad. Según su personalidad previa y las situaciones que hubiera vivido, cada hecho puede ser codificado como más o menos amenazante o estresante o como potencialmente traumático. 

Como en cualquier vínculo, en el ámbito del trabajo puede haber situaciones potencialmente estresantes o traumáticas. 

Concretamente, si un compañero o un superior me exige multiplicar, por ejemplo por la proximidad de un evento, mi tarea en poco tiempo o hacerme cargo de una tarea para lo que no estoy preparado, esto es en principio estresante, representa un esfuerzo adaptativo. Si ese esfuerzo adaptativo se mantiene en el tiempo, pasa a ser estrés patológico. Aparecen síntomas desde la cabeza a los pies. 

Ahora vamos a lo otro que es más complicado: ¿qué ocurre si voy a trabajar y a cobrar por un trabajo, y en lugar de trabajar, soy maltratado como persona, cosificado, tratado como un tornillo, o se me amenaza veladamente, o se me insulta, o se me plantea que nadie es imprescindible, o se me desvaloriza, se me “chicanea”, se me ridiculiza? 

A diferencia de lo anterior, que es lo estresante, esta situación es potencialmente traumática. ¿Por qué? Porque es percibida como una injuria para la propia integridad de la persona, una injuria psicofísica y/o moral totalmente imprevista. En realidad si me voy a pelear a la esquina porque tengo un asunto pendiente, preveo lo que va a pasar. Pero si voy a trabajar y me encuentro con alguien que me maltrata eso resulta abrupto, disruptivo, como la violencia en la familia. 

Por eso estas situaciones tienen un contenido potencialmente traumático tan importante. 

¿Cuál es el problema en esta situación? En el trabajo la relación es asimétrica, es decir, hay una relación en la cual está en juego el poder. Alguien siempre recibe directivas de alguien. Históricamente siempre pudieron existir situaciones de abuso de poder, supuestamente legitimadas por esa asimetría. En la historia del trabajo siempre hubo situaciones de estrés y traumáticas. Y cuando digo traumáticas me refiero al acoso moral o violencia en el trabajo. 
Pero, el gran avance en el concepto de Violencia Laboral es reivindicar el derecho del trabajador a ser respetado como persona y no legitimar la agresión y la violencia en los contextos laborales. 

El gran valor del concepto es darle un marco a situaciones de violencia y de maltrato que, si bien existieron siempre, no estaban encuadradas jurídicamente o en el marco de una comprensión teórica o clínica. 



¿Cuáles son los criterios de trabajo con los cuales aborda los casos particulares? 
Para nosotros quien consulta, en primera instancia es un damnificado, no necesariamente un paciente, que estaría siendo afectado por una situación que lo daña física o psíquicamente y podría estar requiriendo ayuda psicológica, clínica o legal. 

No está consultando por estar padeciendo una enfermedad sino porque le están haciendo un daño. Habrá que evaluar a través de pericias, entrevistas, las características de la situación que produce daño pero, en principio, antes de llegar al mobbing hay otras situaciones cotidianas que producen desgastes. Puede que alguien consulte cuando la situación ya lo desbordó pero que la situación ya lleve años. 

Puedo comprender la sutileza de ciertos modos de maltrato. Pero eso lo veo a posteriori. La gente consulta porque, o se enferma o porque charló con un abogado o fue al MTEySS y ve que está pasando algo que no es lo correcto, o que no es natural, o que lo está enfermando o que es injusto. 

Todos los trabajadores que atendí siempre manifiestan modos vinculares patológicos, con figuras de autoridad o con compañeros de trabajo donde el ambiente laboral se ha vuelto nocivo, intolerable, provoca un desacomodamiento del trabajador como trabajador y como persona y siente que sufre. 

Consulta generalmente por un sufrimiento moral, que es prioritario. No se siente respetado como persona o valorado, o que el respeto que existía se terminó, o se lo trata de manera despersonalizada, como incapaces, como nocivos para la empresa, nocivos para el grupo, con ironías, con chistes groseros, con falta de comunicación. Todo lo que se describe en el mobbing. 

La definición de mobbing como tal nos sirve por la legitimación pero, a veces, nos queda chica. Hay situaciones más sutiles. El mobbing exigiría hostilidad. Pero, la descalificación permanente en el tiempo hacia alguien en particular, excluyéndolo de decisiones, agrediéndolo verbalmente, psicológicamente, también se presenta. 

Estamos hablando del ambiente que es más sutil. Hasta el edificio se vuelve hostil, levantarse se vuelve riesgoso… Al viajar, hay temor… se va degradando la capacidad de trabajo, no quiere ir al lugar, desconfía de su capacidad, de su futuro. Puede tener pánico, pesadillas. 

Ahí aparece el valor traumático ya no estresante de lo que hablé anteriormente. Esto es algo que queda incrustado en la mente que no se puede metabolizar, no se comprende, hay impotencia, no se sabe con quién hablar. Se lo descalifica, se le dice que está inventando, que está exagerando, que es susceptible o frágil. 

Si esto se suma a factores de personalidad previos esto es una bomba. La persona cree que no es capaz, que él es el problema, que es el que no se adapta, que no es fuerte. A veces comienzan a “psicopatizarse” ellos. A dudar de sus propios valores y piensan, por ejemplo: “tengo que volverme más hijo de p…”. Otro riesgo son los cambios persistentes de personalidad. Por ejemplo, alguien que termina creyendo que es incapaz o que es un depresivo, o surgen matices paranoicos. 



¿Qué pasa con la persona damnificada? 
Como en este tipo de situaciones hay un alto potencial traumático, no alcanza con cambiar de sección o de trabajo. Es importante esclarecer cómo sucedió la situación, cómo quedó involucrado, resolverlo psicológicamente. No estoy diciendo que todos necesiten tratamiento psicoterapéutico. Puede que muchos sí, para que no quede registrado como un fracaso personal cuando en realidad ha sido un damnificado por una situación de violencia. Hay un riesgo de quedar sensibilizado, escéptico. Si no se trata bien, cualquier situación parecida puede volver a producir un estado traumático, porque la sensibilidad es mayor y uno tiene menos piel frente a una situación parecida. 



¿Qué se puede decir respecto del que abusa, acosa o maltrata? 
Dentro del mundo del trabajo los puestos de poder requieren capacidad profesional y de liderazgo. Pero, muchas veces se filtran personas con rasgos más o menos patológicos. Hay personas con rasgos psicopáticos. Concretamente, alguien que logra convencer a un grupo importante de personas a llegar a un objetivo, a pesar de las dificultades y del agotamiento. puede decirse que es un líder. Pero podría ser un rasgo psicopático si lleva a los trabajadores a un grado de extenuación. 

También es muy habitual encontrar personas con rasgos narcisistas que exigen admiración, obsecuencia, rendimiento incondicional. Exigen sumisión a supuestos ideales, como “viejo, ponete la camiseta, esto es una familia”, a cualquier precio. Eso es una veta psicopática. 



¿Cuál es el aporte que pueden y deben hacer los profesionales de la salud? 
Tanto a los médicos clínicos, psicólogos y hasta a los abogados les recomiendo que pregunten a los pacientes por el trabajo y por el sexo. Dos temas que pueden ser tabú. Si sólo vamos a escuchar, no estamos ayudando a las personas. Es importante indagar, entre otras cuestiones, en qué trabaja, si eligió ese trabajo, cómo se lleva con sus compañeros, si encuentra relación entre sus malestares actuales y determinadas personas o situaciones. Si alguna vez se quedó sentado en su casa pensando en situaciones del trabajo que le siguen afectando, si tuvo pesadillas acerca del trabajo. 

Esto que parece tan obvio es un comienzo. Si fuera así ya estaríamos avanzando. 

Hay dos grandes problemas. Muchas personas siguen naturalizando el maltrato como si fuera propio del ser humano. “Mi jefe es un hijo de p….”, “mi compañero es un psicópata pero, yo necesito el sueldo”. El otro temor que se presenta en forma habitual tiene que ver con decir, “mejor no muevo el avispero porque como no hay laburo, mejor bancársela”. Ese bancársela puede generar problemas severos, trastornos psicofísicos a mediano y largo plazo: como cardíacos severos, problemas inmunológicos, cáncer. No quiero asustar a nadie, pero es la verdad. 

Cualquier entrevista de un profesional de la salud mental debe incluir el tema laboral y las condiciones de trabajo. No sólo preguntas ingenuas, sino cómo describe la situación, si se siente reconocido, valorado, si tiene conflictos. Si uno no pregunta no lo va averiguar. 

Por otra parte, no se puede trabajar en este tema si no es de manera interdisciplinaria. Como psicoterapeuta, tengo que aprender nociones de derecho laboral. Puede ser que tenga que mandar mis impresiones eventualmente a un abogado laboral. No digo al damnificado que haga juicio, sino que averigüe si lo que le está pasando vulnera sus derechos. Es él el que evaluará. 

Nadie le pide al abogado que sepa psicoanálisis, tampoco que el psicoanalista sepa el Código Civil, pero acá se trata de ver qué es mejor para cada trabajador en cada momento. 



¿Que recomendación podría hacer a los/as trabajadores/as? 
La sugerencia que hago es: tienen que conocer sus derechos. Por otra parte, la manipulación de la gente, la relativización de las personas no es sólo un problema exclusivo del trabajo. La pérdida de solidaridad, la cosificación de los vínculos trasciende lo laboral. 

Como terapeutas intentamos ayudar a la gente a vivir mejor. No somos meros instrumentos de necesidades inmediatas. Podemos contribuir junto con abogados, psicólogos y médicos laboralistas a generar mejores condiciones de trabajo y a que la gente conozca mejor sus derechos. 

Si las cosas no pueden prosperar con diálogo, habrá que realizar pericias. Ayudar a un trabajador damnificado por violencia es acompañarlo en el dolor de tener que enfrentar las amenazas, el juicio, la pérdida del trabajo, a revivir en el juicio las mismas cosas que vivió. El objetivo final es que pueda rehabilitarse en su capacidad de trabajo. Eso le da una particularidad distinta a nuestra tarea y debería estar retroalimentada en la interdisciplina.

Reportaje del Ministerio de Trabajo de la Nacion en su pagina web

El gran avance en el concepto de Violencia Laboral es reivindicar el derecho del trabajador a ser respetado como persona

 

Entrevista al Dr. Roberto Sivak.
Médico Psiquiatra. Docente Adscripto del Departamento de Salud Mental Facultad de Medicina - Universidad de Buenos Aires. Coordinador Grupo de Estrés Postraumático Hospital Alvarez
Director Instituto Estrés y Trauma Buenos Aires (IETBA)
Presidente Capítulo Estrés y Trauma Asociación Argentina de Salud Mental (AASM)



En su práctica profesional en diferentes ámbitos relacionados con servicios de salud mental, ¿cómo surgió o se identificó el problema de la violencia laboral? 

En los últimos veinte años estuve trabajando en problemáticas vinculadas a diversas situaciones de estrés (crónico y agudo), situaciones de trauma psicológico y sus diversas secuelas. 

Las temáticas del estrés están vinculadas al tema del trabajo, en forma académica o científica, desde hace unos cincuenta años. La Organización Internacional del Trabajo consideraba los factores de estrés en el trabajo como un tema fundamental. Cuando hablamos de estrés en el trabajo se incorporan: factores ambientales, factores psicológicos, factores propios de la tarea y factores propios de la organización del trabajo, que comprenden: la distribución de roles, las relaciones entre compañeros de trabajo y las relaciones verticales con los diversos jefes. Se sabe que los factores de estrés laboral pueden estar determinados por distintos elementos que hacen al trabajo en sí, tanto como el contexto del trabajo. 

En los últimos treinta años se desarrollaron nuevos elementos teóricos aportados por la medicina del trabajo, la psicología laboral y algunos aportes propios del psicoanálisis, a partir del conocimiento más preciso del valor del trabajo en la calidad de vida de la persona. 

El trabajo ocupa una enorme cantidad de tiempo de la vida de una persona. Las condiciones vinculadas a la satisfacción del trabajador como el acceso al trabajo -viaje de ida y de regreso al hogar- tienen un papel fundamental en la calidad de vida familiar, en su relación con la familia, con la pareja y en su percepción de calidad de vida en general, es decir, en lo que es la satisfacción con su propia vida. 

En la psiquiatría, la psicología y el psicoanálisis, el trabajo siempre fue reconocido pero, por ciertos problemas de distorsión que podríamos denominar “ideológica”, se creó un “escotoma”, un punto ciego. Freud decía que el psicoanálisis debía ayudar a trabajar y a amar plenamente. No “hacer feliz” a la gente sino ayudándola a amar y a trabajar plenamente. Ahora bien, la plenitud del trabajo no sólo depende de la salud de la persona y creo que este es el problema. Es decir, el terapeuta se mete con el psiquismo de la persona pero, ¿quién se mete con las condiciones de trabajo? Creo que ese es el aporte que puede surgir de la interdisciplina en estos últimos treinta años. Es decir, ¿cómo se puede atender a mejorar la calidad y la salud laboral en todos sus condicionamientos? 



Retomando la situación laboral en nuestro país, ¿es posible identificar un momento específico en el cuál se pudo percibir con mayor claridad lo que hoy se entiende por violencia laboral? 

En la práctica en consultorio, y pública en el hospital, veo una degradación de las condiciones de trabajo. Ubico un punto de inflexión a partir de las privatizaciones, hace unos veinte años. Una degradación en forma manifiesta. Cuando empiezan a privatizarse las empresas estatales, muchos trabajadores que tomaban ese ámbito como un ambiente seguro, continente e incluso como una segunda familia, lo empezaron a vivir como algo, inestable, riesgoso, peligroso, estresante y, eventualmente, traumático. Esto empezó con el riesgo al despido, el riesgo de prescindibilidad y el temor al futuro. Antes, el trabajo en la empresa era de por vida. Al dejar de serlo empezamos a notar las primeras consecuencias: crisis hipertensivas, infartos, gastritis, úlcera, trastornos de ansiedad diversos, crisis de pánico. Esto era un aspecto del problema. 

El otro aspecto, que se encuentra muy bien tratado en la película “Recursos Humanos”, es que los compañeros empezaban a ser vividos como competidores por los mejores puestos, por lo cual comenzaba a aparecer la desconfianza, la susceptibilidad, ciertos rasgos paranoicos vinculados con algunos elementos reales (quién se queda con el trabajo; qué méritos no hizo). Se nota una progresiva degradación en el sentido de que las reglas de juego cambiaron. 

Sin dudas, la desregulación del mercado de trabajo llevó a la aparición de nuevos fenómenos como la hiperexigencia del trabajador. En términos científicos la hiperexigencia se llama “para-adaptación”, que es una sobreexigencia de la persona para cumplir con lo que cree que se espera de él, por temor a que se prescinda de él y, por otro lado, para sobrevivir. 

Empezaron a aumentar la jornada de trabajo y empieza el pluriempleo, más trabajo y más horas. Por otro lado, el trabajador empezaba a trabajar más, a exigirse más para prevenir que no pensaran en él como un posible despedido. 

Esto trae cierto tipo de sintomatología: ansiedad, desconcentración, fatiga, consumo de tranquilizantes trastornos del sueño, automedicación, búsqueda de alcohol, conflictos familiares, trastornos del sueño, cefaleas. 

Además, hay otro aspecto del problema. Empezaban a notarse situaciones de estrés en el trabajo pero, no por la característica propia de la tarea, sino por el ambiente de trabajo. Empezaba a notarse el maltrato laboral. 



¿Qué elementos caracterizan y diferencian el maltrato laboral de otro tipo de problemas en el trabajo? 
Venimos hablando de contexto en general y, dentro del mismo, cada trabajador tiene su diverso grado de vulnerabilidad. Según su personalidad previa y las situaciones que hubiera vivido, cada hecho puede ser codificado como más o menos amenazante o estresante o como potencialmente traumático. 

Como en cualquier vínculo, en el ámbito del trabajo puede haber situaciones potencialmente estresantes o traumáticas. 

Concretamente, si un compañero o un superior me exige multiplicar, por ejemplo por la proximidad de un evento, mi tarea en poco tiempo o hacerme cargo de una tarea para lo que no estoy preparado, esto es en principio estresante, representa un esfuerzo adaptativo. Si ese esfuerzo adaptativo se mantiene en el tiempo, pasa a ser estrés patológico. Aparecen síntomas desde la cabeza a los pies. 

Ahora vamos a lo otro que es más complicado: ¿qué ocurre si voy a trabajar y a cobrar por un trabajo, y en lugar de trabajar, soy maltratado como persona, cosificado, tratado como un tornillo, o se me amenaza veladamente, o se me insulta, o se me plantea que nadie es imprescindible, o se me desvaloriza, se me “chicanea”, se me ridiculiza? 

A diferencia de lo anterior, que es lo estresante, esta situación es potencialmente traumática. ¿Por qué? Porque es percibida como una injuria para la propia integridad de la persona, una injuria psicofísica y/o moral totalmente imprevista. En realidad si me voy a pelear a la esquina porque tengo un asunto pendiente, preveo lo que va a pasar. Pero si voy a trabajar y me encuentro con alguien que me maltrata eso resulta abrupto, disruptivo, como la violencia en la familia. 

Por eso estas situaciones tienen un contenido potencialmente traumático tan importante. 

¿Cuál es el problema en esta situación? En el trabajo la relación es asimétrica, es decir, hay una relación en la cual está en juego el poder. Alguien siempre recibe directivas de alguien. Históricamente siempre pudieron existir situaciones de abuso de poder, supuestamente legitimadas por esa asimetría. En la historia del trabajo siempre hubo situaciones de estrés y traumáticas. Y cuando digo traumáticas me refiero al acoso moral o violencia en el trabajo. 
Pero, el gran avance en el concepto de Violencia Laboral es reivindicar el derecho del trabajador a ser respetado como persona y no legitimar la agresión y la violencia en los contextos laborales. 

El gran valor del concepto es darle un marco a situaciones de violencia y de maltrato que, si bien existieron siempre, no estaban encuadradas jurídicamente o en el marco de una comprensión teórica o clínica. 



¿Cuáles son los criterios de trabajo con los cuales aborda los casos particulares? 
Para nosotros quien consulta, en primera instancia es un damnificado, no necesariamente un paciente, que estaría siendo afectado por una situación que lo daña física o psíquicamente y podría estar requiriendo ayuda psicológica, clínica o legal. 

No está consultando por estar padeciendo una enfermedad sino porque le están haciendo un daño. Habrá que evaluar a través de pericias, entrevistas, las características de la situación que produce daño pero, en principio, antes de llegar al mobbing hay otras situaciones cotidianas que producen desgastes. Puede que alguien consulte cuando la situación ya lo desbordó pero que la situación ya lleve años. 

Puedo comprender la sutileza de ciertos modos de maltrato. Pero eso lo veo a posteriori. La gente consulta porque, o se enferma o porque charló con un abogado o fue al MTEySS y ve que está pasando algo que no es lo correcto, o que no es natural, o que lo está enfermando o que es injusto. 

Todos los trabajadores que atendí siempre manifiestan modos vinculares patológicos, con figuras de autoridad o con compañeros de trabajo donde el ambiente laboral se ha vuelto nocivo, intolerable, provoca un desacomodamiento del trabajador como trabajador y como persona y siente que sufre. 

Consulta generalmente por un sufrimiento moral, que es prioritario. No se siente respetado como persona o valorado, o que el respeto que existía se terminó, o se lo trata de manera despersonalizada, como incapaces, como nocivos para la empresa, nocivos para el grupo, con ironías, con chistes groseros, con falta de comunicación. Todo lo que se describe en el mobbing. 

La definición de mobbing como tal nos sirve por la legitimación pero, a veces, nos queda chica. Hay situaciones más sutiles. El mobbing exigiría hostilidad. Pero, la descalificación permanente en el tiempo hacia alguien en particular, excluyéndolo de decisiones, agrediéndolo verbalmente, psicológicamente, también se presenta. 

Estamos hablando del ambiente que es más sutil. Hasta el edificio se vuelve hostil, levantarse se vuelve riesgoso… Al viajar, hay temor… se va degradando la capacidad de trabajo, no quiere ir al lugar, desconfía de su capacidad, de su futuro. Puede tener pánico, pesadillas. 

Ahí aparece el valor traumático ya no estresante de lo que hablé anteriormente. Esto es algo que queda incrustado en la mente que no se puede metabolizar, no se comprende, hay impotencia, no se sabe con quién hablar. Se lo descalifica, se le dice que está inventando, que está exagerando, que es susceptible o frágil. 

Si esto se suma a factores de personalidad previos esto es una bomba. La persona cree que no es capaz, que él es el problema, que es el que no se adapta, que no es fuerte. A veces comienzan a “psicopatizarse” ellos. A dudar de sus propios valores y piensan, por ejemplo: “tengo que volverme más hijo de p…”. Otro riesgo son los cambios persistentes de personalidad. Por ejemplo, alguien que termina creyendo que es incapaz o que es un depresivo, o surgen matices paranoicos. 



¿Qué pasa con la persona damnificada? 
Como en este tipo de situaciones hay un alto potencial traumático, no alcanza con cambiar de sección o de trabajo. Es importante esclarecer cómo sucedió la situación, cómo quedó involucrado, resolverlo psicológicamente. No estoy diciendo que todos necesiten tratamiento psicoterapéutico. Puede que muchos sí, para que no quede registrado como un fracaso personal cuando en realidad ha sido un damnificado por una situación de violencia. Hay un riesgo de quedar sensibilizado, escéptico. Si no se trata bien, cualquier situación parecida puede volver a producir un estado traumático, porque la sensibilidad es mayor y uno tiene menos piel frente a una situación parecida. 



¿Qué se puede decir respecto del que abusa, acosa o maltrata? 
Dentro del mundo del trabajo los puestos de poder requieren capacidad profesional y de liderazgo. Pero, muchas veces se filtran personas con rasgos más o menos patológicos. Hay personas con rasgos psicopáticos. Concretamente, alguien que logra convencer a un grupo importante de personas a llegar a un objetivo, a pesar de las dificultades y del agotamiento. puede decirse que es un líder. Pero podría ser un rasgo psicopático si lleva a los trabajadores a un grado de extenuación. 

También es muy habitual encontrar personas con rasgos narcisistas que exigen admiración, obsecuencia, rendimiento incondicional. Exigen sumisión a supuestos ideales, como “viejo, ponete la camiseta, esto es una familia”, a cualquier precio. Eso es una veta psicopática. 



¿Cuál es el aporte que pueden y deben hacer los profesionales de la salud? 
Tanto a los médicos clínicos, psicólogos y hasta a los abogados les recomiendo que pregunten a los pacientes por el trabajo y por el sexo. Dos temas que pueden ser tabú. Si sólo vamos a escuchar, no estamos ayudando a las personas. Es importante indagar, entre otras cuestiones, en qué trabaja, si eligió ese trabajo, cómo se lleva con sus compañeros, si encuentra relación entre sus malestares actuales y determinadas personas o situaciones. Si alguna vez se quedó sentado en su casa pensando en situaciones del trabajo que le siguen afectando, si tuvo pesadillas acerca del trabajo. 

Esto que parece tan obvio es un comienzo. Si fuera así ya estaríamos avanzando. 

Hay dos grandes problemas. Muchas personas siguen naturalizando el maltrato como si fuera propio del ser humano. “Mi jefe es un hijo de p….”, “mi compañero es un psicópata pero, yo necesito el sueldo”. El otro temor que se presenta en forma habitual tiene que ver con decir, “mejor no muevo el avispero porque como no hay laburo, mejor bancársela”. Ese bancársela puede generar problemas severos, trastornos psicofísicos a mediano y largo plazo: como cardíacos severos, problemas inmunológicos, cáncer. No quiero asustar a nadie, pero es la verdad. 

Cualquier entrevista de un profesional de la salud mental debe incluir el tema laboral y las condiciones de trabajo. No sólo preguntas ingenuas, sino cómo describe la situación, si se siente reconocido, valorado, si tiene conflictos. Si uno no pregunta no lo va averiguar. 

Por otra parte, no se puede trabajar en este tema si no es de manera interdisciplinaria. Como psicoterapeuta, tengo que aprender nociones de derecho laboral. Puede ser que tenga que mandar mis impresiones eventualmente a un abogado laboral. No digo al damnificado que haga juicio, sino que averigüe si lo que le está pasando vulnera sus derechos. Es él el que evaluará. 

Nadie le pide al abogado que sepa psicoanálisis, tampoco que el psicoanalista sepa el Código Civil, pero acá se trata de ver qué es mejor para cada trabajador en cada momento. 



¿Que recomendación podría hacer a los/as trabajadores/as? 
La sugerencia que hago es: tienen que conocer sus derechos. Por otra parte, la manipulación de la gente, la relativización de las personas no es sólo un problema exclusivo del trabajo. La pérdida de solidaridad, la cosificación de los vínculos trasciende lo laboral. 

Como terapeutas intentamos ayudar a la gente a vivir mejor. No somos meros instrumentos de necesidades inmediatas. Podemos contribuir junto con abogados, psicólogos y médicos laboralistas a generar mejores condiciones de trabajo y a que la gente conozca mejor sus derechos. 

Si las cosas no pueden prosperar con diálogo, habrá que realizar pericias. Ayudar a un trabajador damnificado por violencia es acompañarlo en el dolor de tener que enfrentar las amenazas, el juicio, la pérdida del trabajo, a revivir en el juicio las mismas cosas que vivió. El objetivo final es que pueda rehabilitarse en su capacidad de trabajo. Eso le da una particularidad distinta a nuestra tarea y debería estar retroalimentada en la interdisciplina.